El
sistema informático del Hospital Modelo modeliza en su corazón
electrónico todo el funcionamiento del complejo, regulando
admisiones, altas, urgencias, mantenimiento, guardias, disponibilidad
de quirófanos y material. Un sistema estadístico detallado permite
a los directores tomar decisiones informadas sobre la base de las más
mínimas variaciones en los parámetros de gestión. El tiempo medio
de estancia de los pacientes, la dosis de adrenalina que se
administran en las paradas cardiacas o la proporción de proteínas
en los menús del comedor, se almacenan en los servidores de red del
complejo, y se someten una y otra vez a toda clase de comparaciones
cruzadas, buscando la forma de optimizar los costes del hospital y la
salud de sus pacientes.
Esther
era la directora de Sistemas de Información del hospital.
Licenciada en Medicina, había estudiado Informática como segunda
carrera y había dejado las consultas, volcándose en el diseño del
sistema... Solía decir que el mejor progreso que podía hacer la
medicina moderna era mejorar la gestión, que el problema de la salud
es hoy en día un problema económico, y que hacer con el dinero y
los recursos de un hospital el milagro de los panes y los peces era
la forma más eficaz de salvar la vida de la gente. El resto de los
médicos no le miraban como un igual: guardaban un desprecio secreto
hacia esa compañera que había decidido alejarse de los pacientes.
Quizás porque no tenía los arrestos de compartir su sufrimiento.
Pero
ella también les despreciaba a ellos, porque a fuerza de acercarse a
la gente, y quizá para no volverse locos, habían matado su propia
vulnerabilidad, y trataban a los familiares como si fueran
pueblerinos ignorantes, patéticos en su convencimiento de que su
pequeña tragedia particular era la más importante del mundo, o se
paseaban entre las camas con los historiales debajo del brazo y
recitando a los alumnos de Prácticas, con voz didáctica y
desapegada, las dolencias de los desahuciados.
Esther,
mientras tanto, seguía retocando una y otra vez las variables de
optimización del sistema, buscando la manera de que las salas de
intervenciones estuvieran ocupadas durante menos tiempo para acortar
las listas de espera, o intentando descubrir patrones de incidencias
para aumentar las guardias por anticipado ante un previsible aumento
de los nacimientos en Obstetricia o lo politraumatizados en
Urgencias.
Un
día, Esther frunció el ceño delante de la pantalla, se quitó las
gafas, las limpió y se las puso de nuevo. En uno de los
histogramas, una ventana titulada "Exitus", la barra más a
la derecha no existía. Eso significaba que el número de muertes en
el hospital había sido cero en el último mes. Algo
estadísticamente imposible en un hospital del tamaño del Hospital
Provincial. Hizo revisar las rutinas de visualización, las de
cálculo, y finalmente la base de datos. Nadie encontró nada
anómalo.
Esa
tarde habló con los jefes de departamento. Los datos eran reales.
Por alguna razón extraña, ese mes los enfermos terminales seguían
agarrados a la vida, sin evolucionar en ningún sentido; las paradas
cardíacas en la UCI se resolvían con apuro, pero felizmente; los
partos más difíciles salían adelante; los prematuros de menor peso
seguían moviendo sus diminutos pulmones dentro de las incubadoras.
Durante los últimos treinta días, y contra todo pronóstico, la
muerte había faltado a su trabajo habitual en el complejo. Todos
los que estaban graves seguían sin mejorar, y la angustia de sus
familiares crecía, pero ni siquiera las muertes más esperadas, las
más convenientes, las que habrían puesto fin a un calvario
interminable para los pacientes y sus familias, se habían producido.
Era como si alguien hubiera proscrito la defunción. Y esa
desviación en los parámetros estaba empezando a perjudicar a las
demás variables, disminuyendo el número de camas libres, aumentando
la concentración de familias en los pasillos. Esos desahuciados no
acababan de comprender que debían mejorar o dejar la cama libre,
pero no hacían ni lo uno ni lo otro. Eran como el perro del
hortelano.
Pasaron
dos semanas más. La muerte, esa compañera despreciada pero
imprescindible para el funcionamiento de un hospital, seguía sin
cumplir su obligación.
Una
mañana, uno de los programadores corrió hacia Esther agitando un
listado. Había un error en el sistema de captura de datos: una de
las últimas actualizaciones, realizada con la intención de arreglar
un pequeño problema en la gestión de fechas, había hecho erróneo
el proceso de los decesos. Todas las defunciones actuales se
registraban erróneamente en el futuro. Era sólo cuestión de
cambiar un signo "menor o igual" por un signo "menor"
dentro de un bucle de iteración. Esther autorizó el cambio sin
levantar la vista del papel.
A
las veintitrés cincuenta, las nuevas correcciones se hicieron
efectivos. A las veintitrés cincuenta y uno, un cardiógrafo de la
UCI de la cuarta planta emitió un pitido y mostró una línea
continua. A las dos dieciocho, una diminuta caja torácica dentro de
una incubadora dejó de moverse. A las ocho y siete minutos, unos
ojos se cerraron para siempre. Todo estaba correcto. El hospital
podía funcionar bien de nuevo.
13/06/1996