miércoles, 22 de agosto de 2012

Falsificación de Sensor de temperatura? Fake LM35?

Hace unos días realizaba unas pruebas de laboratorio con un sensor de temperatura LM35CAZ,   al manipularlo pude observar que la cara donde se encuentran la serigrafía especificando el número de modelo y parte del dispositivo con encapsulado TO-92  era cada vez más ilegible,  lo puse bajo el microscopio y pude observar:



En esta imagen se puede observar la diferencia de color entre la cápsula y la cara con la serigrafía:


 Que opinan?  es original o un LM35 CAZ Fake, falsificado?

PARA AYER


En una tertulia radiofónica que escucho a menudo, hay un personaje que disfruta tomando el pelo a sus contertulios con sus sofismas y salidas de tono. Su gran habilidad reside en que, cuando el tema de debate le aburre o desagrada, se dedica a demostrar con total seriedad que aquello de lo que se está intentado hablar, sencillamente, no existe. Así ha ido dejando claro que la discriminación de la mujer no existe, que el terrorismo no existe o que los incendios forestales no existen. A veces me gustaría tomar prestadas sus habilidades para convencer a mi jefe de que los fallos de mis programas no existen, aunque los teléfonos de atención al cliente se saturen por ello. No me atrevo a intentarlo porque igual acaban diciéndome en la oficina de mi banco que mi nómina ya no existe.
En una ocasión en que el asunto de debate en aquella tertulia era especialmente oportunista, este tipo recurrió a una salida de gran mérito. Cuando se le preguntó su opinión sobre el tema, argumentó: "Ustedes piensan a menudo en la muerte? Quiero decir que si dedican ustedes al menos un minuto al día a reflexionar sobre la idea de que se van a morir. Es un pensamiento muy terapéutico que ayuda a poner las cosas en su sitio, y yo se lo recomiendo".
Lo que siguió fueron las señales horarias y un inserto de noticias, con lo que el resto de los participantes se libró de la responsabilidad de urdir una réplica suficientemente surrealista, pero aquellas palabras quedaron suspendidas sobre las ondas como un nubarrón de tormenta.
Mi jefe parece que no piensa a menudo en la muerte. O al menos, no en horas de trabajo. Al contrario, parece que quisiera zambullirse en ella por anticipado acelerándose corazón y los de quienes le rodeamos. Padece de uno de los males más comunes de nuestro oficio: la prisa. La inútil y condenada prisa.
No habrá lector que no sepa por propia experiencia que todas las cosas llevan más tiempo del que uno predice. Y si uno predice más, llevan más todavía.
Por lo tanto, la estrategia consiste en presupuestar menos tiempo del razonable, de modo que, siendo el incremento constante, el tiempo final sea, precisamente, el razonable. Esta estrategia es de notable aplicación cuando se presupuesta el tiempo de otros.
El fenómeno se suele manifestar en cascada. Así, los gerifaltes de la empresa prevén un tiempo poco razonable para el proyecto. El jefe del departamento de informática gasta más tiempo del previsto en evaluar la viabilidad del proyecto, por lo que se ve obligado a presupuestar menos tiempo que menos tiempo del razonable para que el jefe de proyecto lleve el barco a buen puerto. El analista funcional gasta más tiempo del previsto en dibujar sus diagramas, dejando así menos tiempo que menso tiempo que menso tiempo del razonable para que el analista orgánico los mastique. el analista orgánico gasta más tiempo del previsto en estructurar un poquito todo aquello...
Aplíquese el algoritmo hasta alcanzar el último eslabón. Finalmente, el programador dispone de menos tiempo que menos tiempo que menos tiempo que menos tiempo del razonable para convertir en código el trabajo de sus congéneres. En la mayoría de los casos, para cuando el pobre currito recibe su orden, la fecha límite del primer tiempo poco razonable ya es una hoja de almanaque arrugada en la papelera. Y por este sencillo procedimiento, hemos descubierto el verdadero sentido de la frase favorita del jefe de cualquiera en este oficio: Esto es para ayer.
Ni que decir tiene que los procesos anteriores, a pesar de superar el tiempo asignado, están hechos deprisa y mal. Por consiguiente, el programador se enfrenta a una tarea mal evaluada, mal planificada y mal estructurada... que además debe estar terminada para ayer. Y para colmo, el pobre programata, último moco del pañuelo, no tiene a nadie debajo para asignarle menos tiempo del razonable.
Solución: volvamos al principio de las cosas. Pensemos de vez en cuando en la muerte, e intentemos que nuestros jefes también se hagan conscientes de su naturaleza efímera y perecedera. A lo mejor así recuperamos la cordura, dejamos de segregar adrenalina con plazos y prisas que no tienen ninguna trascendencia en el orden cósmico de las cosas, y hacemos lo que debimos haber hecho desde el principio: irnos todos a vivir al campo a comer nueces con pasas y a hablar con Dios.

"No sé lo que quiero, pero lo quiero ya..."
13/10/1995

sábado, 26 de mayo de 2012

Menor o Igual


El sistema informático del Hospital Modelo modeliza en su corazón electrónico todo el funcionamiento del complejo, regulando admisiones, altas, urgencias, mantenimiento, guardias, disponibilidad de quirófanos y material. Un sistema estadístico detallado permite a los directores tomar decisiones informadas sobre la base de las más mínimas variaciones en los parámetros de gestión. El tiempo medio de estancia de los pacientes, la dosis de adrenalina que se administran en las paradas cardiacas o la proporción de proteínas en los menús del comedor, se almacenan en los servidores de red del complejo, y se someten una y otra vez a toda clase de comparaciones cruzadas, buscando la forma de optimizar los costes del hospital y la salud de sus pacientes.
Esther era la directora de Sistemas de Información del hospital. Licenciada en Medicina, había estudiado Informática como segunda carrera y había dejado las consultas, volcándose en el diseño del sistema... Solía decir que el mejor progreso que podía hacer la medicina moderna era mejorar la gestión, que el problema de la salud es hoy en día un problema económico, y que hacer con el dinero y los recursos de un hospital el milagro de los panes y los peces era la forma más eficaz de salvar la vida de la gente. El resto de los médicos no le miraban como un igual: guardaban un desprecio secreto hacia esa compañera que había decidido alejarse de los pacientes. Quizás porque no tenía los arrestos de compartir su sufrimiento.
Pero ella también les despreciaba a ellos, porque a fuerza de acercarse a la gente, y quizá para no volverse locos, habían matado su propia vulnerabilidad, y trataban a los familiares como si fueran pueblerinos ignorantes, patéticos en su convencimiento de que su pequeña tragedia particular era la más importante del mundo, o se paseaban entre las camas con los historiales debajo del brazo y recitando a los alumnos de Prácticas, con voz didáctica y desapegada, las dolencias de los desahuciados.
Esther, mientras tanto, seguía retocando una y otra vez las variables de optimización del sistema, buscando la manera de que las salas de intervenciones estuvieran ocupadas durante menos tiempo para acortar las listas de espera, o intentando descubrir patrones de incidencias para aumentar las guardias por anticipado ante un previsible aumento de los nacimientos en Obstetricia o lo politraumatizados en Urgencias.
Un día, Esther frunció el ceño delante de la pantalla, se quitó las gafas, las limpió y se las puso de nuevo. En uno de los histogramas, una ventana titulada "Exitus", la barra más a la derecha no existía. Eso significaba que el número de muertes en el hospital había sido cero en el último mes. Algo estadísticamente imposible en un hospital del tamaño del Hospital Provincial. Hizo revisar las rutinas de visualización, las de cálculo, y finalmente la base de datos. Nadie encontró nada anómalo.
Esa tarde habló con los jefes de departamento. Los datos eran reales. Por alguna razón extraña, ese mes los enfermos terminales seguían agarrados a la vida, sin evolucionar en ningún sentido; las paradas cardíacas en la UCI se resolvían con apuro, pero felizmente; los partos más difíciles salían adelante; los prematuros de menor peso seguían moviendo sus diminutos pulmones dentro de las incubadoras. Durante los últimos treinta días, y contra todo pronóstico, la muerte había faltado a su trabajo habitual en el complejo. Todos los que estaban graves seguían sin mejorar, y la angustia de sus familiares crecía, pero ni siquiera las muertes más esperadas, las más convenientes, las que habrían puesto fin a un calvario interminable para los pacientes y sus familias, se habían producido. Era como si alguien hubiera proscrito la defunción. Y esa desviación en los parámetros estaba empezando a perjudicar a las demás variables, disminuyendo el número de camas libres, aumentando la concentración de familias en los pasillos. Esos desahuciados no acababan de comprender que debían mejorar o dejar la cama libre, pero no hacían ni lo uno ni lo otro. Eran como el perro del hortelano.
Pasaron dos semanas más. La muerte, esa compañera despreciada pero imprescindible para el funcionamiento de un hospital, seguía sin cumplir su obligación.
Una mañana, uno de los programadores corrió hacia Esther agitando un listado. Había un error en el sistema de captura de datos: una de las últimas actualizaciones, realizada con la intención de arreglar un pequeño problema en la gestión de fechas, había hecho erróneo el proceso de los decesos. Todas las defunciones actuales se registraban erróneamente en el futuro. Era sólo cuestión de cambiar un signo "menor o igual" por un signo "menor" dentro de un bucle de iteración. Esther autorizó el cambio sin levantar la vista del papel.
A las veintitrés cincuenta, las nuevas correcciones se hicieron efectivos. A las veintitrés cincuenta y uno, un cardiógrafo de la UCI de la cuarta planta emitió un pitido y mostró una línea continua. A las dos dieciocho, una diminuta caja torácica dentro de una incubadora dejó de moverse. A las ocho y siete minutos, unos ojos se cerraron para siempre. Todo estaba correcto. El hospital podía funcionar bien de nuevo.
13/06/1996